El clásico rosarino volvió a quedar en manos de Rosario Central, que se impuso 2-0 ante Newell’s Old Boys en una noche cargada de tensión y emociones fuertes. En el Coloso Marcelo Bielsa, el protagonista excluyente fue Ángel Di María, autor del primer tanto y símbolo de una victoria que tuvo un condimento especial: disputó buena parte del encuentro con una molestia muscular que condicionó su rendimiento.
Desde el inicio se lo notó incómodo. Durante el primer tiempo, el campeón del mundo realizó constantes ejercicios de elongación y evidenció gestos de dolor que no pasaron inadvertidos. La lesión en el aductor, arrastrada desde la jornada previa, lo obligó a administrar energías en un partido de máxima exigencia. Sin embargo, cuando el desarrollo era cerrado y el marcador seguía en blanco, apareció su jerarquía: conectó una volea precisa que rompió el equilibrio y encaminó el triunfo auriazul.
Tras el encuentro, el propio Di María explicó el contexto en el que decidió estar presente. Reconoció que la molestia era intensa, pero que el deseo de jugar el clásico pesó más que cualquier advertencia física. Admitió que, de tratarse de otro compromiso, probablemente hubiese optado por no arriesgar. Incluso detalló que fue llevando la situación como pudo hasta concretar el gol y que, luego de cumplir su objetivo, entendió que era momento de salir para no agravar la lesión.
El rosarino también destacó el trabajo del cuerpo médico y de los kinesiólogos, quienes trabajaron intensamente entre el final del entrenamiento y las horas previas al partido para que pudiera estar en condiciones. A sus 38 años, Di María volvió a demostrar que su influencia va más allá de lo futbolístico: liderazgo, determinación y una presencia decisiva en el duelo más trascendental de la ciudad.