La erapost-Messi ya empezó, y lo hizo con un partido que fue pura despedida. El 6 de octubre, en un Monumental desbordado, Lionel Messi se puso por última vez la camiseta de la Selección Argentina, con un gol, dos asistencias y una vuelta íntima frente a Benín. Desde el pitazo final de esa noche, la Albiceleste quedó obligada a responder la pregunta que venía esquivando desde hacía años: cómo se juega sin el mejor de todos.
Para el hincha, la primera respuesta llega con calma. La Selección no se cae del mapa de candidatas de un día para el otro, porque la base que fue campeona del mundo en 2022 y subcampeona en 2026 sigue casi intacta. Los pronósticos que proyectan los próximos torneos grandes la mantienen bien arriba, más por espesor de plantel que por inercia sentimental. Perder a Messi duele, pero no vacía el vestuario de jerarquía.
Hay números detrás de ese favoritismo, y no solo nostalgia de la hinchada. De cara a la Copa América 2028 y al largo camino rumbo al Mundial 2030, la Albiceleste todavía asoma entre las selecciones mejor valoradas del continente, una confianza que se refleja al apostar en el fútbol argentino actual y que se apoya en la profundidad de una plantilla donde conviven campeones consagrados con una camada joven en alza. La ausencia del 10 pesa, claro está, pero no la borra de la conversación de arriba.
Conviene mirar la vitrina para dimensionar lo que se va. Messi deja la Selección después de más de veinte años, con dos Copa América, una Finalissima y la Copa del Mundo de 2022 bajo el brazo, además de un récord de partidos y goles que nadie amenaza de cerca. Suceder semejante legado no es tapar un hueco en el once, sino rearmar la identidad de un equipo que durante casi dos décadas giró alrededor de un solo nombre.
El recambio, justamente, es el gran laboratorio de Scaloni. Nico Paz, de 22 años, se perfila como uno de los herederos naturales de la creación, porque fue titular en los amistosos, marcó, asistió y mostró esa pausa que escasea. A su lado aparece Franco Mastantuono, de apenas 19, un zurdo distinto que ya conoce el vestuario y empuja por un lugar fijo. Ninguno carga todavía con el mote de crack, y tal vez eso sea lo más sano para los dos.
Más espinoso resulta el rompecabezas táctico, que es la otra gran incógnita del nuevo ciclo. Sin un futbolista que concentre todo el juego, Scaloni ensaya un esquema más coral, y la nueva formación que asoma reparte responsabilidades entre Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y los pibes que piden pista desde abajo. Nadie usará la 10 por ahora, porque el entrenador prefirió dejarla vacante durante los primeros amistosos, un gesto de respeto hacia el que acaba de colgar el brazalete.
Arriba, el relevo luce más resuelto que en la creación. Julián Álvarez y Lautaro Martínez ya cargan con los goles desde hace rato, y la competencia interna por el puesto de nueve es de las pocas zonas donde la Albiceleste duerme tranquila. El problema nunca estuvo en quién define, sino en quién piensa el último pase que antes salía casi siempre de la zurda de Messi.
La cinta de capitán, en cambio, ya tiene dueño, y la decisión no sorprendió a nadie. Cristian Romero heredó el brazalete, con Dibu Martínez y Lautaro Martínez como escoltas en la línea de liderazgo que había armado Scaloni. El Cuti manda desde la última línea con el carácter de siempre, aunque el peso simbólico de suceder a Messi no se reparte con un gafete ni se resuelve en una conferencia de prensa.
Todo este proyecto, sin embargo, depende de que siga el arquitecto que lo imaginó. Scaloni puso en duda su continuidad tras la final perdida con España, pero las negociaciones de renovación con la AFA avanzaron rápido y apuntan a estirar el vínculo hasta 2030. Que el técnico de la era dorada siga al frente es, hoy por hoy, la mayor garantía de estabilidad para una transición que recién arranca y que no admite improvisaciones.
Queda, eso sí, un vicio grande por corregir, y es la dependencia de un solo hombre. Durante casi veinte años, Argentina resolvió los partidos bravos tirándole la pelota a Messi y esperando el milagro de siempre. Ese atajo ya no existe, y el equipo va a tener que aprender a ganar sin dueño, repartiendo la responsabilidad en los pies de varios en lugar de rezarle a uno solo cuando el partido se pone cuesta arriba.
Como primer banco de pruebas de esa idea aparecen los amistosos de este cierre de año, el arranque formal de una nueva etapa que el plantel ya asumió puertas adentro. Ante Bolivia, con mayoría de cambios y variantes ofensivas, Scaloni dejó una señal bien clara: el futuro se empieza a construir ahora, sin esperar a que el duelo por la partida de Messi se termine de apagar del todo.
La verdad incómoda de toda esta historia es bien simple. Messi se fue invicto en el cariño del Monumental, pero subcampeón en la cancha, y la Albiceleste que viene tendrá que ganar algo gordo para que nadie lo extrañe demasiado. El aplauso de aquella noche ya se fue apagando, y a partir de ahora lo único que va a contar para esta Selección son los resultados.
