Juan Román Riquelme acaba de alcanzar una cifra simbólica como dirigente de Boca Juniors: 300 partidos oficiales desde su llegada a la conducción del club, un recorrido que combina momentos de gloria, decisiones fuertes y también frustraciones deportivas. Desde su irrupción en las elecciones de 2019 junto a Jorge Amor Ameal hasta su actual mandato como presidente, el ídolo xeneize ha atravesado casi seis años marcados por la intensidad, tanto adentro como afuera de la cancha.
El desembarco de Riquelme en la política del club significó un cambio profundo en la estructura del fútbol profesional. Su primera gran apuesta fue la vuelta de Miguel Ángel Russo, quien guió al equipo hacia una remontada histórica para conquistar la Superliga 2019/20, arrebatándosela a River en la última fecha, y más tarde la Copa Maradona. Aquella etapa fue el punto más alto de un ciclo que prometía continuidad en el éxito.
Con la salida de Russo, llegaron Sebastián Battaglia y luego Hugo Ibarra, dos entrenadores surgidos de la casa, que mantuvieron la costumbre de sumar trofeos: la Copa Argentina 2021, la Copa de la Liga 2022 y la Liga Profesional del mismo año. Sin embargo, el brillo comenzó a opacarse con el paso del tiempo. Las caídas en instancias decisivas de la Copa Libertadores —ante Santos, Atlético Mineiro, Corinthians y Fluminense— marcaron una deuda pendiente que aún persiste.
Ya como presidente electo en 2023, Riquelme inició una nueva etapa con Diego Martínez al frente del plantel, pero la irregularidad del equipo aceleró su salida. Fernando Gago tomó la posta en 2024, aunque su ciclo fue breve y terminó tras duras derrotas ante River y Alianza Lima. Para el tramo final del año, el regreso de Miguel Russo, y su posterior fallecimiento, dejaron un vacío emocional profundo en la institución.
En números, el balance del período Riquelme muestra 140 victorias, 91 empates y 61 derrotas, con seis títulos obtenidos. Más allá de los resultados, su gestión dejó una huella marcada por la búsqueda constante de identidad, el regreso de figuras emblemáticas y un estilo de conducción que dividió opiniones, pero nunca pasó inadvertido en la historia reciente de Boca.